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lunes, 6 de mayo de 2013

ANICETO EL GUARDIA Y EL CASO DEL CALOR ASESINO. 3 DESENLACE.


3. Y DESENLACE.



Aniceto ya traía los deberes casi hechos.
-Todo, al parecer, había empezado con la primavera… -Empezó a narrar Aniceto poniendo  mucho énfasis en todas las palabras- Ernestina había pasado unos días en la casa de sus tíos que vivían en un pueblo cercano. Allí conoció a un viajante de mercería que pasaba unos días en el pueblo haciendo la visita rutinaria, que se solía repetir cada trimestre, a la tienda de su tía Herminia, que era prima hermana de la tía Justa.
El muchacho, que estaba soltero y no tenía más familia que unos primos en Galicia, vio la posibilidad de aumentar su colección de conquistas y la pobre Ernestina no tardó en caer en la bien tramada red que tejió a su alrededor el ladino seductor, y que ya le había dado excelentes resultados en tantas ocasiones; por lo que había conseguido una muy completa nómina de amantes a lo largo de su basta ruta comercial, lo que le proporcionaba cama y comida en la mayoría de sus destinos.
Ernestina que hasta entonces era virgen y no tenía ninguna experiencia en las artes del amor, quedó perdidamente prendada de los atributos y de la simpatía del joven que, por su parte, no podía perder la oportunidad de disfrutar con fruición los ardientes requerimientos amorosos de su inexperta y vehemente nueva conquista.
Todos nos habíamos quedado boquiabiertos con la prolija y detallada narración de nuestro contertulio y concienzudo investigador. Él, sabedor de ser el protagonista, iba poniendo mucho énfasis en la enumeración de los detalles con que adornaba su historia, dejando bien claro que no pensaba, de ninguna manera, descubrir sus fuentes de información, para evitar, claro está, las posibles represalias de la familia de la joven.
En los días siguientes, Aniceto inició los trámites para cumplimentar el atestado correspondiente con el fin de iniciar una investigación para identificar la identidad del joven amante y presumiblemente procreador del fruto de las entrañas de Ernestina.
La primera cuestión era precisamente la identificación del presunto, e intentar localizarlo. No fue demasiado difícil encontrar datos suyos. Se llamaba Melquíades Juárez, aunque era conocido como “Melindres”, posiblemente porque, según decían, era muy exquisito a la hora de comer. En una de las mercerías de la comarca informaron del almacén para el que trabajaba el muchacho y a partir de ahí no fue difícil comunicar con ellos, donde informaron que efectivamente Melquíades Juárez Huidobro trabajaba para ellos, aunque hacía ya más de tres meses que no sabían nada de él. También aclararon que eso no les sorprendía demasiado porque era muy de él, desaparecer durante una temporada, para volver después poniendo como excusas las cuestiones más peregrinas, como por ejemplo, que se había marchado una temporada a casas de sus primos, o que se había quedado con alguna de sus amigas para ayudar a su familia en las vendimias.  Aseguraron que habían estado tentados muchas de veces de darle el finiquito, pero como después era muy bueno en su oficio y vendía mucho, le pasaban por alto estas excentricidades.
Jenaro, el señor Alcalde, pensó que era el momento de que Aniceto informase a la Brigada Criminal Central y a la semana siguiente llegaron el inspector y su ayudante que ya habían llevado el caso anteriormente.
Y a partir de ahí, todo fue demasiado fácil. No la tía Justa, ni su marido el tío Melitón, ni Ernestina, ni su hermano Nabucodonosor, eran en realidad malas personas, y a las pocas horas de iniciar el interrogatorio, el inspector les había sacado toda la información de lo que realmente había ocurrido.
Esa misma tarde, llegó un furgón de la Guardia Civil y el tío Melitón y su hijo Nabucodonosor salieron esposados de las dependencias municipales camino de la penitenciaría de la Capital. La tía Justa y su hija Ernestina quedaron en casa, aunque se les advirtió que serían acusadas por encubrimiento de asesinato, porque había quedado suficientemente probado que ellas no intervinieron  en los hechos.
Y lógicamente, esa tarde hubo que anular la tertulia en la botica, por la ausencia ineludible de Aniceto, y sólo él podía darnos información fidedigna de lo que habían logrado averiguar las fuerzas del orden llegadas de la capital.
Aunque todo eran comentarios en el pueblo y se podían escuchar las más inverosímiles versiones de lo ocurrido, ninguno de nosotros quiso dar oídos a las habladurías, porque sabíamos que Aniceto nos haría una fiel crónica de los hecho que habían llevado al esclarecimiento del caso del calor asesino que era, sin ninguna duda, nuestro caso.
Era viernes, y como todos los viernes había mandado preparar unos aperitivos y esa tarde subí de la bodega unas botellas que tenía reservadas desde hacía años para conmemorar algún acontecimiento importante, y hoy sin duda era el de mayor importancia al que se había enfrentado nuestra ya veterana tertulia que con el desenlace de este caso adquiría nuestro bautismo de investigación criminal.


Todos fueron puntuales, cosa no demasiado frecuente porque siempre había alguien que por unas cosas o por otras se retrasaba un poco. Miento, todos fueron puntuales, menos Aniceto que fiel a su costumbre de afán de protagonismo, esa tarde se demoró unos minutos, los suficientes para hacerse notar su ausencia, pero no tantos como para pedirle explicación de su tardanza.
- Perdonad mi retraso, pero es que he tenido que atender una llamada telefónica de un periódico de la capital que quería información del caso.
- ¿No les habrás contado nada, sin antes habérnoslo contado a nosotros?
- ¡Por supuesto que no! Me he limitado a dirigirles a las Autoridades Provinciales y que no podía aportar detalles importantes porque la investigación aún no había terminado…
- Pero a nosotros sí nos darás todos los detalles, ¿verdad?
- Claro, claro, esto es diferente… además vosotros habéis colaborado activamente en la investigación y tenéis derecho a conocer toda la verdad…
Tomó asiento junto al señor alcalde, como era su costumbre, le serví un vaso de vino, lo saboreó, dio su aprobación con un gesto que denotaba su aprecio por la calidad del vino, hizo una pausa y empezó a hablar pausadamente.
- Vamos a empezar por el principio. El tal Melindres se había encoñado con la hija de la tía Justa y ella, al parecer, se había vuelto loca por él. Cuando tuvo que volver al pueblo quedaron que él la visitaría por las noches, cuando sus padres y su hermano ya estuvieran durmiendo. Y así lo estuvieron haciendo dos días a la semana durante casi un mes.
Llegaba esas noches a eso de la una de la mañana en su bicicleta; ella le estaba esperando en la puerta de la corraliza que da a la alameda y a esas horas era muy difícil que nadie se cruzase con él. Subían al pajar donde yacían y la Ernestina le preparaba un taleguillo con un poco de pan, unas lonchas de jamón, una botella de vino y unas manzanas, para que cenase en el camino de vuelta. 
Todo se desarrollaba sin ningún contratiempo. Aunque los primeros días algún que otro perro ladraba a su paso, con el paso del tiempo se debieron acostumbrar y el amante nocturno pasaba totalmente desapercibido.
La muchacha estaba viviendo una aventura amorosa impensable para ella sólo hacía unas semanas. Aunque había tenido algún pretendiente y había llegado a hablar durante unos meses con el hijo del Eustaquio, la cosa no había llegado a nada y no había tenido ningún acercamiento carnal, como no fuesen algunos torpes tocamientos que más que satisfacción le habían producido rechazo.
Todo, en cambio, era distinto con su nuevo y experto amante. Aunque los primeros encuentros fueron en la casa de su tía Herminia, allí no disponían ni de tiempo ni de oportunidad para dar rienda suelta a todas las satisfacciones que demandaban sus lujuriosos anhelos, y no fue hasta que se encontraron en el pajar de su casa, cuando pudieron dar rienda suelta a experimentar los dulces placeres de la carne…
¿Me pones un poco más de ese vino tan bueno?
- Por supuesto, por supuesto… Pero sigue con el relato.
- Pues, como iba diciendo, la muchacha estaba que no pensaba nada más que en el pajar, y ni se le pasó por la cabeza que pudiese quedarse embarazada. Él sí, ya era experto también en esto de tomar precauciones, pero no contaba con el ardor de su nueva amante que ningún día se conformaba con un solo coito y la mayoría de las noches tenía que hacerlo después de coger el taleguillo con las viandas que le había preparado su amante.
Y debió ser alguna de esas noches cuando la muchacha se pudo quedar preñada. Con la mala fortuna de que desde el principio la Ernestina empezó a sentirse mal y empezaron a aparecer los inequívocos síntomas de su estado real.
La tía Justa se lo temió desde un principio. La venía notando rara, aunque no podía ni imaginar lo que realmente estaba pasando y pensaba que la culpa podía ser del hijo del Eustaquio.
Y la Ernestina no tuvo más remedio que contárselo a su madre, que no se podía creer lo que contaba su hija con todo lujo de detalles, lo del pajar, lo del taleguillo, lo de por lo menos dos veces cada noche, lo bien que él sabía acariciar, lo guapo y atractivo que era, en fin que la pobre mujer no hacía nada más que santiguarse y preguntarse a quién habría salido una hija tan puta como ella.
Y se lo contó al tío Melitón y  después también al Nabu, que desde un principio tuvieron muy claro que era lo que había que hacer.
- Hay que hablar con el muchacho, dijo el tío Melitón,  que se case con la Ernestina y se marchen a vivir a la capital y con un poco de suerte aquí no se entera ni Dios.
- Y si no quiere, yo me encargo de hacerle entrar en razones, apostilló el Nabu que todo lo que tenía de fuerte le faltaba de entendederas.
Y esa noche, que era una de las que se le esperaba, organizaron el plan.
Ella salió a abrirle la puerta de la corraliza como todas las noches. Subieron al pajar como ya era costumbre, ella se quitó el vestido, quedándose con las enaguas  y el muchacho hizo lo propio, cuando los dos iban a yacer sobre la paja, apareció el tío Melitón con una escopeta e doble cañón con cartuchos de postas.
-Levántate ahora mismo si no quieres que te deje seco de un tiro, dijo el tío Melitón.
El muchacho quedó horrorizado por la sorpresa y por la cercanía del arma que estaba a menos de diez centímetros de su cabeza.
- Y tú, mal nacida, baja con tu madre, que ya hablaremos después.
-¡ De rodillas, y con las manos detrás de la cabeza… y no se te ocurra hacer ningún movimiento que de descerrajo un tiro a bocajarro!
Detrás había aparecido el Nabu con un azadón en las manos.
-Mira, muchacho, voy a ser muy claro. Has dejado preñada a mi Ernestina, que sí,  que la muy puta ha estado de acuerdo, pero o te casas con ella o te mato aquí mismo.
- Lo que usted diga… lo que mande… pero, por favor, no me haga daño…
- Déjame, padre, que lo mato ahora mismo…
- Por favor, señor, yo me caso con su hija y lo que haga falta, pero deje que me vista… Si ella quiere yo me caso con ella… decía el pobre muchacho, que no dejaba de llorisquear.
- Todo parecía que estaba arreglado. El muchacho se terminó de vestir, y los tres hombres bajaron a la cocina donde esperaban las mujeres. La deshonrada se abalanzó a los brazos de su amante quien se atrevió a preguntar, por lo bajinis,  por qué se lo había dicho a sus padres. Ella le aseguró que se lo habían notado y que no tuvo más remedio que confesar su pecado.
La madre, que no paraba de llorar, intentó apaciguar los ánimos y convino que lo mejor era que los muchachos se marcharan a la capital donde él vivía, pero antes que les casase el señor cura esa misma noche, sin que nadie se enterase. Cuando el muchacho dijo que eso no podía ser porque para casarse había que arreglar los papeles, el tío Melitón dijo que él se encargaría de “convencer” al señor cura para que los casase esa misma noche y que después se arreglarían los papeles. El bruto de Nabu no dejaba de decir que si querían le mataba allí mismo.
En unas horas todo parecía más calmado. En un momento que los padres salieron de la cocina, el muchacho vio la oportunidad de huir, salió corriendo hacia la corraliza, donde había dejado la bicicleta, y cuando intentaba abrir la puerta para escapar, el Nabu que se había quedado de guardia, le sacudió con el azadón por la espalda.
El pobre muchacho cayó ya muerto. Aunque entre los tres intentaron animarle, todo resultó inútil. La hija se tiró llorando más de una semana sin salir ni a la puerta de la calle.
El tío Melitón y su hijo, después urdieron todo el plan. Esperaron a que llegase la siesta, montaron el cuerpo del muchacho en la mula, entre dos costales de paja y lo taparon todo con una manta de arpillera. Salieron por la puerta que da a la alameda que discurría hasta el camino de las eras. Hacía mucho calor, todas las puertas y ventanas estaban cerradas y no se veía ni un alma por las calles ni por el camino de las eras. Cuando pasaron el segundo recodo del camino, dejaron deslizar el cuerpo del muchacho que cayó sobre el lindazo en una postura muy forzada, como si se hubiera caído por accidente. Dejaron junto al cadáver las dos piedras manchadas de su sangre para simular el accidente y continuaron por el camino hasta rodear todo el término y volver por el lado opuesto. No se cruzaron con nadie y, al parecer nadie les había visto. Cuando llegaron a casa las dos mujeres continuaban llorando.
Dejaron pasar una semana, ya casi se había dejado de hablar el muerto y respiraron con más tranquilidad cuando vieron que nadie sabía dar noticias de lo que había pasado ni de la identidad del muerto.
Aquella noche, ya casi de madrugada, el Nabu montó en la bicicleta y llegó hasta el barranco de Valdelaspozas. Antes la había limpiado concienzudamente para borrar todas las huellas. Lanzó la bicicleta con todas sus fuerzas y cayó hasta el fondo del barranco, quedando semiescondida por la maleza. Cuando aún no había terminado de amanecer entraba por la puerta de la corraliza y todo había salido a pedir de boca. Nadie podía saber ya lo que había pasado.


- Toma otra copita de vino, que hoy te lo has ganado.
- ¿Y no pensaron que lo del embarazo tarde o temprano se iba a saber?
- Si es que los criminales siempre terminan cometiendo algún error.
- Habían pensado mandar a la chica a casa de su tía Herminia, pero una vecina lo descubrió, empezaron los rumores, a la muchacha no se le ocurrió otra cosa que negarlo todo y el resto ya lo sabéis.
- Mira que intentar mentirme a mí, el médico… Pero la muchacha no se apeaba de sus trece y la madre parecía realmente que no sabía nada…
- Yo propongo a nuestro señor alcalde que se haga constar en el libro de actas del Ayuntamiento un reconocimiento oficial a la gran labor desarrollada por nuestro agente de la autoridad, a nuestro querido Aniceto, pieza clave para el esclarecimiento de este endiablado caso, que ha entrado a formar parte de los acontecimientos más noticiosos de nuestro pueblo, y del que, sin duda, se harán eco las crónicas durante mucho tiempo.
-¡Por Aniceto!
¡¡Por Aniceto!! Contestaron todos.
Unos días después mandé grabar una placa con esta inscripción: “EN HOMENAJE AL AGENTE LOCAL DE LA LEY DON ANICETO COSCUYELA Y QUIROGA, POR SU INESTIMABLE PARTICIPACIÓN EN LA RESOLUCIÓN DEL “CASO DEL CALOR ASESINO”. TERTULIA DE LA REBOTICA. AÑO DE 1951”, que ahora luce sobre la chimenea del salón de Aniceto, junto al pergamino de reconocimiento que también recibió de la BRIGADA CRIMINAL CENTRAL.

FIN.

viernes, 3 de mayo de 2013

ANICETO EL GUARDIA Y EL CASO DEL CALOR ASESINO. 2 NUDO.


2. NUDO



A la vista de los casi nulos resultados, a los pocos días llegó al pueblo un inspector y su ayudante de la Brigada Criminal Central. Sin la contundencia que hubiera deseado Aniceto, estuvieron interrogando a todos los vecinos y buscando  infructuosamente, en las casas, la bicicleta que supuestamente había utilizado la víctima para llegar al pueblo. Se llevaron sus ropas para hacer análisis más exhaustivos y se despidieron del Aniceto que había disfrutado durante los cuatro días que duró la investigación, siendo el guía y de sus colegas y aportando los indicios a los que habíamos llegado todos nosotros, que fueron considerados como “muy interesantes” por los policías de la capital, quienes indicaron, además, que era encomiable la racionalidad de nuestras apreciaciones, no frecuente en personas no profesionales en la investigación criminal.
El caso es que a finales de agosto, cuando llegaron las fiestas del patrono, ya casi se había olvidado el asunto del hombre asesinado, y todos nos esforzamos en disfrutar de los festejos que había organizado el Ayuntamiento que diferían muy poco a los celebrados en los últimos diez años. Aquellas fiestas hubieran pasado, también,  sin pena ni gloria y nadie las recordaría años más tarde, a no ser porque en la romería del Santo, en el profundo barranco de Valdelaspozas, alguien vio brillar algo que resultó ser una bicicleta y nadie dudó que era la de la víctima.
Aniceto, que afortunadamente se encontraba en el lugar para controlar el orden público, evitó que nadie la tocase para así preservar las posibles huellas que podrían llevar al asesino.
- ¡Que nadie se acerque a la bicicleta, y que nadie se atreva a tocarla! ¡Queda confiscada en nombre de la autoridad!
Inmediatamente dio instrucciones al Emilio y al Roberto para que bajasen hasta el fondo del barranco, donde estaba la bicicleta, y que sólo la tocasen poniéndose un pañuelo en las manos.
Tuvieron que dar un pequeño rodeo y tomar precauciones para evitar una caída que hubiese podido ser peligrosa. Cuando ya estaban abajo, les tiraron unas cuerdas que hicieron con varios ramales de las caballerías, y las ataron cuidadosamente por debajo del sillín y el manillar, procurando no tocarla con las manos desnudas.
Desde arriba empezaron a tirar de ella con mucho cuidado, mientras ellos tiraban de dos cuerdas que habían sujetado a las ruedas para evitar que la bicicleta fuese rozando con el lindazo.
Yo no estaba allí cuando empezó todo, pero mandaron recado a mi sobrino Antoñito, y yo me ofrecí a acompañarle; cuando llegamos ya estaba la bicicleta tumbada en la hierba del borde del barranco, rodeada por más de veinte curiosos a los que casi no podía controlar el Aniceto.
- ¡Que os retiréis, coño! ¡A ver si voy a tener que llevarme a alguno al calabozo!
Con mucho cuidado, y sin tocarla con las manos, la montaron en una carreta y el Juez de Paz, ordeno que la llevasen a las dependencias municipales, para iniciar las oportunas investigaciones.
Esa tarde, a pesar de estar en fiestas, se convocó una reunión urgente en la rebotica.
- No, yo no tengo los medios necesarios para hacer un análisis completo de tan importante prueba pericial. Es mejor avisar a las autoridades policiales y que sean ellos los que las hagan.
- ¿Y vamos a tener que esperar tanto tiempo para conocer los resultados?
- Bueno, yo - dijo Aniceto en tono pausado para que todos nos centrásemos en él- Yo ya he hecho un estudio preliminar, y se pueden sacar ya algunas conclusiones...
Hizo una pausa como las que había visto a los investigadores de las películas; se echó un poco de agua en el vaso, bebió un pequeño sorbo, y continuó.
- La bicicleta fue tirada al barranco, posiblemente después del crimen. La víctima no se calló con ella...
- ¿Y cómo has llegado a esa conclusión?
Tardó unos segundos en responder...


- Muy sencillo... En el borde del barranco no se apreciaba ninguna rodadura ni había señales de ningún arrastrón de un cuerpo humano. La bicicleta fue lanzada con fuerza para que llegase a lo más profundo del barranco, y no se aprecia que chocase con los bordes...
- Eso pudo ocurrir también si la víctima fuese muy deprisa y saliese disparado por encima del borde...
- ¡Eso es imposible! - una nueva pausa, pero esta vez más corta - Eso es imposible porque para llegar al borde del barranco hay que superar un lindazo bastante alto y una bicicleta no lo puede salvar, y menos si no hay ningún camino para tomar velocidad...
La conjetura del municipal pareció convencer a don Marcial que era quien había sugerido esta posibilidad.
Aniceto, ante la expectación de todos los reunidos, continuó.
- La prueba pericial, o sea la bicicleta, muestra diferentes rasguños producidos, sin duda, al haberse rozado con las ramas y piedras del barranco. También está llena de polvo y barro, posiblemente debido a las lluvias de la semana pasada. Al caer debió chocar en principio con la rueda trasera por lo que está descentrada y tiene una yanta deformada. Uno de los pedales está roto y lo encontré cuando bajé yo mismo a donde estaba la bicicleta.
- ¿Y no encontraste rastros de la víctima? Pregunté yo.
- No. Aunque, como he dicho antes, la lluvia de la semana pasada podría haber borrado algún vestigio; se puede asegurar que la víctima nunca estuvo en el fondo del barranco.
Don Abrahán, que había seguido, aparentemente sin demasiada atención, todas las explicaciones de Aniceto, preguntó:
- ¿Y de la capital, se ha recibido algún informe de la policía?
- Pues no, no dicen nada... Y eso a mí me está empezando a escamar... Yo creo que han descubierto algo importante y lo quieren mantener secreto... Mañana mismo voy a decir al secretario del ayuntamiento que mande un oficio pidiendo explicaciones... El alcalde del pueblo tiene derecho a estas bien informado...
Las reuniones en la rebotica se volvieron a reanudar cuando terminaron las fiestas. Aunque a finales de agosto empieza a hacer fresco, las continuamos en el patio y nadie faltó a la primera convocatoria que se había hecho para el llamado día de descanso, que ya no había ningún acto de celebración. Yo mandé preparar una buena limonada fresquita y unos bollitos de aceite que encargué en la dulcería y poco a poco fueron llegando todos los tertulianos.
Aniceto fue el primero en llegar y no podía disimular que tenía algo importante que contar. Yo enseguida me di cuenta porque le conozco bien, pero él se mantuvo callado hasta que llegó don Abrahán, el señor cura, que había tenido que acudir a la ermita del Santo para dar la bendición a los hermanos que habían acudido a bajarle de las andas.
- No sé, dijo pausadamente, mirándonos a todos y a cada uno de nosotros, sin duda para ver nuestra reacción ante el descubrimiento que estaba a punto de hacer, No sé si esto será importante, hizo una pausa, pero ha llegado hasta mis oídos que la tía Sinforosa está haciendo unos gastos que no se corresponden con la situación económica que es de todos conocida…
- Eso serán habladurías de la gente…
- ¿Y qué tiene eso que ver con el crimen del viajante?
- ¡Un momento, un momento!, que todo tiene su por qué…
- La verdad es que yo me fijé el otro día en la procesión de la Virgen y tanto ella como su hija iban mucho más arregladas que de costumbre…
- Ahí quería ir yo, dijo Aniceto, Ahí quería ir yo… Me han dicho, y bajó la voz para que todos tuviésemos que agudizar nuestro oído, me han dicho que va diciendo por ahí que han recibido una herencia de unos tíos que vivían en Tudela… pero me he informado y ni su padre ni su madre tenían ningún pariente, porque los dos eran hijos únicos y nunca se supo de esos misteriosos familiares navarros…
- ¿Y cuando dicen que han heredado?
- Dicen que más de cien mil reales…
- Pues eso les arregla la vida para una buena temporada…
- Pero eso no lo pueden haber hecho ellas…
- Ellas, por supuesto, no…. ¿Pero y su hijo...?
- Desde que volvió del Servicio Militar parece otro… ¿A que usted no le ve mucho por la Iglesia, eh don Abrahán?
- Yo no puedo dar información de mis feligreses, y menos para despertar sospechas… Os recuerdo a todos que es pecado levantar falsos testimonios….
- Aquí no se están levantando falsos testimonios, nos estamos limitando a constatar hechos.
- Simplemente estamos constatando datos empíricos…
Lo de “empíricos” lo había dicho Jenaro, el alcalde, que no sabía muy bien lo que significaba, pero que se lo había escuchado a un diputado provincial y lo soltaba siempre que pensaba que podía venir a cuento, y como en este caso, algunas veces acertaba.
Sin embargo los comentarios que se oyeron a continuación en el patio de la farmacia se acercaban más a las habladurías  de las comadres que a las consideraciones detalladas que se podrían esperar de los prohombres del pueblo dispuestos a esclarecer este maldito asesinato que estaba desquiciando a todos.
Aunque las tertulias se siguieron celebrando con puntual regularidad, la verdad es que se estaban agotando, de nuevo, todas las vías de investigación, con el consiguiente desánimo de los conspicuos y aficionados investigadores que pasados unos días vieron como todas las sospechas en que tantas esperanzas habían puesto se desvanecían, cuando se recibió una notificación oficial del Juzgado de Instrucción de Tudela confirmando la herencia que parece ser provenía de un indiano que fue novio de una tía abuela de la tía Sinforosa, de la que nunca había tenido noticias y a la que nunca, por supuesto, conoció.
Las tertulias habían vuelto a la rebotica y ya prácticamente se había olvidado el caso del calor asesino, al que sólo de vez en cuando alguno de los contertulios se atrevía a mencionar. De nuevo se habían retomado los asuntos consuetudinarios propios del pueblo, o sea, las bodas, los bautizos, las partidas de cartas en el casino, los estrenos de teatro de la capital que contaba con todo lujo de detalles el señor alcalde que aprovechaba las reuniones políticas para ponerse al día en su afición favorita, las previsiones epidemiológicas para el próximo invierno y demás asuntos varios que surgían de improviso y que no daban para mucho más de una o dos tertulias. Tanto era así que había dejado de asistir Aniceto, con la excusa de tener que atender unos asuntos de vital importancia para la seguridad ciudadana.
En una de estas tertulias surgió una noticia, que se mantuvo más tiempo; fue el inexplicable embarazo de la hija de la tía Justa. Un embarazo como todos los demás, pero que ella negó al principio, hasta el tiempo le hizo asumir lo evidente.
- Ella aseguraba que era totalmente imposible, que ella no había hecho nada ni había estado con ningún hombre, que no podía ser. Cuando llegó a mi consulta dije a su madre que saliera para hablar con ella a solas; pero ni así pude sacar nada en limpio como no fuera su total negativa a aceptar lo que confirmaban sin ningún género de duda los análisis.
- ¿No es muy mayor, todavía, Cuantos años tiene?
- Alrededor de los veinticinco y ni tiene novio ni habla con nadie, al menos que se sepa.
- Pues habrá sido por obra del Espíritu Santo.
- Oye, eso es una falta de respeto, y delante de mí no voy a permitir esas palabras…
-Perdone don Abrahán, perdóneme, pero es que me habían dejado el chiste a huevo… No volverá a ocurrir.
Y la cosa se quedó así, aunque a las pocas semanas empezó a correr por el pueblo un rumor. “Ernestina, la hija de la tía Justa estaba preñada de un forastero que venía verla por las noches desde hacía más de diez meses”.
Esa tarde, en la rebotica, a la que también había acudido Aniceto, se encendieron todas las alarmas. En los ojos de todos brillaba una luz extraña que demostraba que todos ellos habían llegado a la misma conclusión. ¡El viajante de la bicicleta!

El próximo día 6, el último capítulo de este relato...

miércoles, 1 de mayo de 2013

ANICETO EL GUARDIA Y EL CASO DEL CALOR ASESINO. 1 PLANTEAMIENTO.

El próximo día 8 celebro el 5º aniversario del nacimiento de El Eremita, y con este motivo he querido preparar un regalo para todos vosotros. Se trata de una pequeño cuento dividido en tres partes, como es preceptivo en todo buen relato: PLANTEAMIENTO, NUDO Y DESENLACE.
He pensado publicarlo en tres entregas, como ya he hecho con algunos otros relatos y novelas, para no cansaros demasiado cada día. Como veis se trata de "EL CASO DEL CALOR ASESINO" Espero que os guste mi regalo a aniversario:



1. PLANTEAMIENTO

Las eras estaban casi desiertas a esas horas de la tarde. Sólo unos pocos dormían la siesta a la sombra de los árboles perdidos entre los montones de paja recién aventada y las parvas tendidas a medio trillar. Una mula, con las patas delanteras “amaneadas” se obstinaba en llegar a los inalcanzables haces de mies. Las ventiscas resecas de estos primeros días del agosto mesetario habían cubierto el hato con el polvo áspero y salobre que desprenden las espigas en sazón. El botijo de barro blanco, a la sombra del serón, rezumaba su frescor invitando a tomar el primer trago antes de iniciar la tarea vespertina.
Pedro, se desperezó después de haber dormido una “larga” siesta en sólo quince minutos y se echó un prolongado trago de agua para clarificar su garganta reseca por el polvo y por el calor sofocante que ya duraba más de una semana y que había llegado a superar con creces los cuarenta grados, hecho insólito que no recordaban ni los más viejos del pueblo. Dejó que el chorro del botijo se desparramase por su rostro sin afeitar y por su pelo que apenas si ya negreaba por el polvo acumulado durante varios días. Dirigió el chorro de agua hacia su nuca, dejando que empapase su camisa para conseguir uno momentos de frescor. Se colocó el sombrero de paja y contempló el paisaje amarillento que le rodeaba, en el que sólo contrastaba el azul cobalto del cielo que empezaba a enmarañarse con los jirones pardos de las nubes que aparecían por el horizonte y que ya eran visitantes asiduas casi todas las tardes.
Allí, a poco más de diez metros, en el lindazo del camino, con la cabeza ensangrentada, estaba aquel hombre. Corrió hacia él, pero nunca tuvo ninguna duda de que ya estaba muerto. Su grito de socorro despertó a tres hombres que llegaron corriendo desde las eras de al lado. Uno se acercó hasta el pueblo para dar la noticia, mientras los demás quedaron de pie y en silencio, intentando adivinar quién era el desgraciado que había venido a morir a este lugar perdido.
Este suceso cambió el lento discurrir de la vida en mi pueblo. Nadie había visto nada, ni nadie le conocía. Don Marcial, el médico dedujo que la herida mortal en la cabeza se la tenía que haber producido otra persona. Las otras lesiones se produjeron después de muerto y posiblemente para simular una muerte accidental. Apenas si había sangre a su alrededor, por lo que dedujo que la muerte se había producido en otro lugar y de ocho a diez horas antes.
Por la situación privilegiada de la botica, yo soy uno de los primeros en enterarme de todo lo que ocurre en el pueblo, y no solo conozco los secretos de la salud de todos los vecinos, sino también los dimes y diretes que circulan sobre cada uno de ellos. Lo que les acabo de contar, me lo contó a mí, esa misma tarde, el propio Pedro cuando regresó de la era. Después lo tuvo que repetir para hacer el atestado y quince o veinte veces más,  hasta que dejó satisfecha la curiosidad de todos los que se iba encontrando por la calle.
Pero, volviendo al caso que nos ocupa; Aniceto, el guardia, se hizo cargo de las diligencias del crimen. De andar desgarbado, enjuto de carnes y algo mal encarado, a sus cincuenta años, y después de veinte de servicio, era la primera ocasión que se le presentaba de poner en práctica todos sus conocimientos de investigación criminal, porque además de los rudimentarios conceptos estudiados para acceder al cargo, se había ocupado en la lectura de las más selectas novelas policíacas hasta conseguir el fino olfato de un verdadero sabueso policial. Le gustaba sorprender a los sencillos vecinos con las curiosas conclusiones que deducía de los más insignificantes detalles.
- María, hoy pisto para comer, ¿no?
- Sí, Aniceto, ¿Como lo sabes?
- Es una pequeña mancha de tomate que te ha salpicado la bata...
Aunque la verdad era que había pasado por su calle y había visto cómo lo preparaba... El caso es que todos los habitantes de este pueblo perdido, que no ha salido nunca en los periódicos, cuyo nombre era desconocido fuera de la comarca, estaban seguros que ahora se harían famosos porque su guardia iba a descubrir al culpable de este inexplicable asesinato.  
Era un varón de treinta y cinco a cuarenta años, moreno, de 1,75 de altura y unos 80 kilos de peso. Indocumentado, sólo una medalla de oro con las iniciales MJ. y la fecha 20.03.21. Vestía una camisa de rayas marrones con las mangas arremangadas y unos pantalones verdes. Calzoncillos, en los que había bordado el número 16 con hilo azul,  y unas sandalias sin marca. No llevaba calcetines y en los bolsillos un pañuelo con la letra J. No había rastro de cartera, llaves ni documentos.
Hechas las oportunas comunicaciones reglamentarias, y después de recibir  instrucciones  de las autoridades provinciales, mi sobrino Antoñito, a quien todo el mundo llamaba señorito Antonio,  que ejercía de Juez de paz de la comarca, ordenó la inhumación de los restos,  después que don Marcial hizo el minucioso y detallado informe de la autopsia.


También el médico tenía a su cargo los tres pueblos de la comarca, que recorría montado en un tílburi, tirado por un viejo caballo percherón. Viudo desde muy joven, había dedicado su vida personal al cuidado de su hija que ahora ya tenía los veinticinco y era una de las jóvenes más solicitadas por todos los mozos del pueblo. Aunque llegó al pueblo cuando terminó la carrera pensando que sólo era el primer paso para llegar a la capital de la provincia, se adaptó a la vida del pueblo, se casó con la hija del mayor terrateniente de la localidad y cuando su mujer murió al dar a luz a su primera y única hija, decidió quedarse en el pueblo que le había acogido con afecto, a pesar de su carácter seco y algo cascarrabias que se iba acentuando con el tiempo.  Atendía los partos, a los niños, a los jóvenes y a los viejos, incluso llegaba a practicar algunas pequeñas cirugías, porque el hospital más cercano estaba a más de cien kilómetros. También ejercía de forense, por lo que tenía una estrecha relación con Antoñito, que desde hacía ya cinco años ejercía como Juez de Paz, cargo que había heredado también de su padre, don Antonio mi cuñado, que ya apenas si salía de casa por culpa del reuma. Los dos eran partícipes de hecho y derecho de la tertulia que todas las tardes del verano se reunía bajo la parra de mi patio. En invierno, la organizábamos alrededor del brasero de la rebotica, y eran, también, tertulianos habituales, don Marcelino el maestro, don Abrahán el cura y Jenaro el Alcalde.
Los último días, a la tertulia se incorporó también el Aniceto quien, nos pidió ayuda para tratar de buscar una explicación lógica a lo ocurrido la otra tarde junto a la era de Pedro el “Lomogato”, lo que también supuso un aliciente para todos nosotros, acostumbrados como estábamos a tratar asuntos demasiado manidos porque ya se sabe que en el pueblo nunca pasaba nada.
- Vamos a constatar los hechos. Debían ser las cuatro y media, cuando se descubrió el cadáver. Una hora y media antes había pasado por el camino, de vuelta al pueblo,  el hijo de Emilio “Barriga” y todavía no estaba allí. Por lo tanto, todo debió ocurrir de tres a cuatro y media de la tarde. A esas horas, los pocos que estaban en las eras estarían durmiendo la siesta...
- Que debió ser algo más larga de lo que ellos han asegurado...
- Por eso, el autor o autores, no fueron descubiertos.
-¿Se sabe cómo trasladaron el cadáver?
- En el polvo del camino se podían ver varias rodadas de carros y cascos de caballerías que iban en una y otra dirección, lo que no demuestra nada porque el camino está muy transitado en estos días de la trilla... lo llevarían en un carro o a lomos de una caballería, oculto bajo algunos sacos vacíos, así no despertarían sospechas si se cruzaban con alguien... Sólo al comprobar que nadie les veía se decidieron a dejarlo en el lindazo... de otra forma, lo hubieran llevado a otro sitio...
- Marcial, ¿se sabe con qué le han matado?
- Con una piedra plana.... con una barra metálica... con algo sin aristas que le golpeó en la base del cráneo... por lo que la víctima fue atacada por la espalda y  estando en posición inclinada; posiblemente buscando algo en el suelo, sin percatarse de la presencia de su agresor. Después le golpearon con dos piedras en el parietal derecho y en el frontal para simular que se había golpeado con ellas accidentalmente al caer. Estas dos piedras se encontraron en el camino junto a la cabeza de la víctima, manchadas con su sangre... pero ninguna de estas heridas eran mortales...y tampoco había en ellas ninguna huella que pudiese identificar al asesino...
-¿Todavía no se sabe quién era el muerto?
- No, aún no sabemos nada. Nos dicen del Ministerio que están difundiendo las fotografías que les enviamos, pero no coinciden con ninguna denuncia de personas desaparecidas. Aniceto se ha acercado a los pueblos de al lado, pero allí tampoco le conocen...
-El que puede saber algo es don Abrahán...
-No, yo tampoco se nada... y si supiese algo bajo secreto de confesión, tampoco lo podría decir...
- Para mí, la culpa es del calor... -Sentenció Jenaro el Alcalde, al que le gustaba filosofar y buscar siempre influencia extrañas a todo lo que ocurría-  Los cuerpos no pueden soportar estas temperaturas, la sangre se sube a la cabeza y cualquiera es capaz de hacer la mayor barbaridad.  No sé... para mí, toda la culpa es del calor.... Estos días ha hecho un calor asesino...
- Ytú, Aniceto, que eres el profesional, ¿Qué piensas que se debía hacer?
- Yo lo tengo claro: mano dura. Diga lo que diga el señorito Antonio no se puede interrogar a la gente con tanta delicadeza... Todos sabemos, y lo podemos ver en las novelas que,  siempre, alguno de los testigos suele ser el culpable... ¿Por qué vamos a creer a Pedro el “Lomogato” que se lo encontró ya muerto? El pudo haberlo matado... ¿y el hijo de Barriga? Reconoce que pasó por el camino a las tres de la tarde y dice que no vio a nadie y que aún no estaba el cadáver... Si me autoriza, don Jenaro, con unos cuantos pescozones bien dados yo les hacía cantar en menos de...
-No seas bruto Aniceto, -intervine yo- hay que ser analítico, y si queremos solucionar este caso, tenemos que encontrar algún detalle que nos dé la clave de lo que pudo ocurrir...
-Tiene razón don Cosme; tenemos que volver a repasar todos los detalles, porque sin duda que algo hemos pasado por alto....
-El hombre era bien parecido... posiblemente haya un lío de faldas...
- Y de cuernos... Ese sí podría ser un buen móvil para nuestro crimen... Don Cosme, Vd. que hizo los análisis, ¿no encontró ningún dato revelador que nos pueda ayudar...?
Efectivamente, yo había sido el encargado de hacer todos los análisis, tanto del cadáver como de las ropas del difunto. Mi laboratorio es más bien rudimentario, pero hasta ahora había sido suficiente para solventar los problemas que se planteaban en el pueblo...
- La verdad es que no encontré nada anormal... todos los indicadores eran los de una persona sin enfermedades...  su grupo sanguíneo era cero positivo, no aparecía ninguna infección... todo normal. Pero ahora que lo pienso, lo que sí pude observar eran unas manchas de semen en sus calzoncillos... que entonces pensé que se debían a una deficiente higiene... también había mucho polvo en sus ropas... y en los cañones de sus pantalones había varias arrugas verticales de unos diez o quince centímetros, como si hubiesen estado recogidos...
- Yo también me fijé en ellos... ¡Eso es! A mí también me pasa... y mi mujer me regaña porque dice que no tengo cuidado.... Yo me recojo así los pantalones cuando monto en la bicicleta....
Los ojos del guardia brillaban como si hubiese descubierto una pista trascendental para la resolución del caso.
-¿No ves? ya nos estamos acercando. Hay que preguntar si alguien vio estos días a un ciclista  por los alrededores del pueblo... Por otra parte, en alguna parte debe estar la bicicleta, si la encontramos, estaremos cerca del asesino.
- Las manos del difunto estaban bien cuidadas... desde luego no trabajaba en el campo... lo que también se podía deducir porque sus brazos y sus piernas no estaban quemados por el sol... debía ser un oficinista, un dependiente o un viajante...
- Mejor un viajante... pero que era la primera vez que venía al pueblo, porque nadie le conocía...
- Yo más bien pienso que debía ser familia de alguien del pueblo... llegó por la noche en su bicicleta, por lo que no lo vio nadie... su visita no era grata... lo mataron por alguna causa y lo abandonaron en el camino...
- No sé, no sé... Como hace tanto calor por las noches,  dormimos con las ventanas abiertas, y nadie vio ni oyó nada... es muy raro... Si pasa algún desconocido por la calle, seguro que hay algún perro que no para de ladrar... y alguien se hubiese despertado...
- Jacinto, el sereno, me ha asegurado que no se había visto a nadie desconocido andando por el pueblo estas noches de atrás.... Tenemos que buscar otras posibilidades....
Y en estas controversias se iban pasando las tardes sin que ninguno de nosotros llegase a encontrar una teoría viable que pudiese dar alguna luz al asunto que habíamos bautizado, a propuesta del Aniceto, que como ya hemos dicho estaba muy influenciado por la literatura policiaca,  como “El caso del calor asesino.”

Continuará el día 3 con el segundo capítulo...

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MIS EDICIONES MUSICALES

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AVE MARIA

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De Schubert. Canta María Antonia Moya, acompañada por el Maestro Alcérreca. 2011. Para escucharlo, pinchar en la image.

LA TARARA

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LOS PELEGRINITOS

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La canción de Lorca, cantada por María Antonia Moya, con imágenes de Lucena (Córdoba) Para escuchar la canción pincha en la imagen.

EN EL CAFÉ DE CHINITAS

EN EL CAFÉ DE CHINITAS
La copla de Lorca, cantada por María Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. 1986. Para escuchar la canción, pinchar en la imagen

VERDE, QUE TE QUIERO VERDE

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Maria Antonia Moya canta el Romance Sonámbulo de Federico García Lorca. Puedes escucharlo pinchando la imagen.

LOS CUATRO MULEROS.

LOS CUATRO MULEROS.
Canta: María Antonia Moya. 1986.Para escucharlo,pinchar en la imagen.

PERFIDIA

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Canta Maria Antonia Moya, acompañada a la guitarra por Fernando Miguelañez. Año 1986. Para escuchar la canción, pincha en la imagen.

PASODOBLE DE CHINCHÓN

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Letra: L.Lezama - Música: Palazón. Canta: María Antonia Moya. 1987Puedes escucharlo pinchando en la imagen

MIS LIBROS DE FICCIÓN. EL AMARGO SABOR DE LAS ROSAS.

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"El amargo sabor de las rosas" Novela. Marzo de 2017

MIS QUERIDOS FANTASMAS

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